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Obsolescencia programada: por qué una bombilla ilumina desde 1901 y tu móvil solo dura dos años

La estación de bomberos de Livermore, en Estados Unidos, exhibe en directo, a través de una webcam, la bombilla activa más longeva del mundo, que lleva encendida, de forma más o menos ininterrumpida, desde 1901. Mientras tanto, tu teléfono inteligente, adquirido hace poco más de dos años, empieza a desesperarte con su lentitud, sus problemas de actualización y la carga de la batería. ¿Quiénes fabricaron la bombilla eran genios? ¿Los defectos de tu móvil son una excepción? ¿O existe un plan preconcebido para obligarte a consumir?
La obsolescencia programada es una práctica empleada para reducir, de forma deliberada, la vida útil de los productos con el objeto de provocar un aumento de las ventas y, en definitiva, del consumo. La estrategia es sencilla, como muestra el documental "Comprar, tirar, comprar. La historia secreta de la obsolescencia programada". Las empresas fabricantes establecen una suerte de fecha de caducidad en los bienes, que dejan funcionar superado ese periodo, una vez finalizado el plazo de la garantía legal. En muchas ocasiones, si intentas arreglar el producto, observarás que el coste de la reparación es superior al precio de adquirir un artículo nuevo.
El fin de la vida útil, sin embargo, puede manifestarse de diversas formas:
Obsolescencia funcional: el fabricante predetermina que el producto debe fallar una vez superados un número determinado de usos o un período de tiempo. La legislación francesa castiga esta práctica de las empresas con hasta dos años de prisión y una multa de 300.000 euros.
Obsolescencia de diseño: provocada por la rapidez con la que se suceden las modas. Ocurre con las ropas de las grandes marcas a bajo precio, que lanzan nuevas colecciones y estilos sin tregua.
Obsolescencia tecnológica: las actualizaciones de sistemas operativos o la implantación de versiones superiores provocan que los dispositivos tecnológicos, como ordenadores, teléfonos móviles, consolas o un largo etcétera se queden desfasados y carezcan de los requisitos necesarios para funcionar con normalidad.
El Parlamento Europeo quiere promover una normativa que luche contra esta práctica que perjudica a los bolsillos de las personas consumidoras y genera un fuerte impacto en el medio ambiente. Su intención es consensuar una legislación que vele por "la prolongación de la vida útil de los productos de consumo" y que, en definitiva, garantice tanto su durabilidad y la posibilidad de repararlos, así como su adaptación, desmontaje y reciclado. Entre otras medidas, se baraja aprobar etiquetados informativos sobre la vida útil de los productos, establecer criterios de resistencia mínima en su diseño o fomentar las posibilidades de reparar los artículos estropeados.
Productos de alto riesgo
Algunos artículos están condenados, por una u otra razón, a la obsolescencia:
Impresoras y cartuchos de tinta: arreglar una impresora es más caro que adquirir una nueva. Incluso los cartuchos pueden costar más que el propio dispositivo.
Videojuegos: Los más antiguos no suelen ser compatibles con las nuevas consolas.
Equipos y dispositivos informáticos: algunos dispositivos no están preparados para soportar las actualizaciones de los programas y de los sistemas operativos. Quedan obsoletos y hay que comprar un modelo con más potencia o memoria para instalar el nuevo software.
Equipos electrónicos: los productos que incorporan baterías integradas deben desecharse en cuanto esta falla. Ocurre con una gran variedad de artículos: reproductores de música, cepillos de dientes, algunos teléfonos móviles, pequeños electrodomésticos?
Medias: Dupont, la empresa inventora de las medias de nailon, tuvo que rebajar su calidad porque su excesiva durabilidad frenaría las ventas. Actualmente, los pantis se diseñan con menos refuerzos, para propiciar su deterioro y el aumento del consumo.

 

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